Inspiración: la hora verde
Un escritor bloqueado busca la inspiración en una tarde de lluvia, mientras las palabras que lo persiguen comienzan a adquirir una inquietante forma material.
"What difference is there
between a glass of absinthe and a sunset?"
Esa tarde llovía. Sus planes de salir a caminar para despejar la cabeza se habían echado a perder. Internet no funcionaba bajo aquella lluvia densa y constante. El cable de televisión nunca había sido conectado. Quizá, en momentos como ese, se arrepentía un poco. Pero el cableado seguía tirado y desordenado por toda la habitación. Debía marchar como un militar para no tropezar con alguno de los cables. Un amigo, muy perspicazmente, le había comentado en broma que aquel caos era una alegoría del caos sináptico de ideas que llevaba en la cabeza. Sin embargo, seguía latente en él aquella cuestión ideológica, nunca del todo determinada, con respecto a la televisión.
Antes de sentarse a leer, se sirvió un vaso de whisky. No tenía sed, apenas necesitaba sostener algo que justificara no acercarse al escritorio. Hacía un par de días había comenzado una novela de K. Oé. La escritura psicológica y subconsciente de aquel autor lo inquietaba. Sabía que sentarse a leer en un día así, de lluvia, encierro y abandono total, tendría consecuencias espirituales y anímicas que tal vez nunca lograría discernir ni superar. Se le cruzó por la mente, solo durante un segundo, la idea de escribir. Pero vio la notebook abierta, con el archivo en blanco, y miró hacia otro lado. Agarró la novela de Oé, se acostó en el sillón, abrió el libro y se encontró una bolita de papel aplastado entre las hojas. La desenvolvió, solo por curiosidad, pero estaba en blanco. Leyó durante cuatro horas. Cuando levantó la vista, el vaso estaba vacío. No recordaba en qué momento se había terminado.
Terminó la novela esa misma tarde. Sentía como si tuviera la cabeza enorme, como si durante aquellas horas hubiese crecido desmesuradamente y ya no cupiera en el edificio. Se imaginó como Alicia, creciendo y creciendo hasta que partes de su cabeza salieran por las ventanas y las puertas…
Miró la computadora sobre el escritorio. El monitor apagado daba la sensación de ser un monstruo dormido: la cabeza de un cíclope bajo un sueño ligero. Si daba un solo paso fuera de aquel sillón, el monstruo despertaría para llamarlo, para buscarlo, y él, como venía haciendo desde semanas atrás, evitaría ser encontrado por la bestia. Llevaba semanas evadiéndola porque sabía que no podía vencerla. Aun así, peleaba todos los días y le costaba aceptar que perdía una batalla tras otra.
Sentía el deber de escribir algo en aquella pantalla. Después de todo, ese era el destino que había asumido y, si no escribía, no cumpliría con el contrato que había firmado con él. Cuando se convencía de no creer en el destino, asumía una responsabilidad moral todavía más dura: no escribir significaba, simplemente, su ineptitud. Y si era un inepto para lo único que le apasionaba y hacía bien, entonces se convertía en un frustrado. Cuando pensaba en la frustración, llegaba al punto de sentir su vida inexorablemente desperdiciada. Una de las poquísimas verdades inevitables de la vida era que nadie (absolutamente nadie, aunque creyera no temerle a la muerte) quería renunciar a ella. Hasta el suicida más decidido terminaba su vida en un torbellino de miedo y duda.
Se puso de pie y fue hasta el escritorio. Tocó el panel de control y despertó al monstruo. Escribió un título al azar, casi sin mirar, tecleando con rapidez. Pensó que aquellas pocas letras quizá podrían cegar al cíclope y permitirle escapar de su mirada acusadora. Por un instante, su casa fue una cueva: él avanzaba bajo una bestia con cabeza de computadora y golpeaba, con un dedo enorme, las teclas gigantes de su lomo. En aquella fantasía cargaba sobre la espalda una gran F.
Salió de su ensimismamiento. En la pantalla leyó: FRUSTRACIÓN. Era el título que había escrito. No le asustó que su subconsciente le hubiera jugado aquella broma, pero no le gustaba la palabra, así que la eliminó. Pensó durante unos segundos y escribió en su lugar: INSPIRACIÓN.
Era lo que buscaba, pero sentía que resultaba imposible encontrarla. Dos novelas publicadas y un libro de cuentos, después de tantos años, apenas parecían un vago recuerdo de ilusión de grandeza. Como si fuese un exmilitar que recordara haber luchado en el frente de las Islas Malvinas, aunque nunca hubiera salido de la base naval de Comodoro Rivadavia. No podría culparse por recordarlo así: eso era, verdaderamente, lo que había quedado grabado en su memoria. Y aquel organismo reptó por su mente hasta hacerle creer en aquel recuerdo.
Tenía la certeza de que su intención era moralmente correcta, pero axiomáticamente inválida.
Entonces… ¿habían sido dos novelas y nueve cuentos? Dudó durante un minuto. Fue hasta la biblioteca y buscó, ansioso, su nombre, su pequeño nombre, entre todos aquellos colosos. Encontró dos novelas y un libro de cuentos: ocho cuentos, no nueve.
Sintió una especie de triunfo. Se dijo que no permitiría que aquella bacteria de la memoria le infectara la mente. Mientras se repetía para sí mismo cuán inevitable era todo lo que rondaba su psiquis, recordó una película que había visto tiempo atrás: Vals im Bashir. Era, de alguna manera, un tratado onírico sobre la memoria y los recuerdos traumáticos.
La escena que había quedado grabada en su mente contaba un experimento psicológico. Se había tomado a un grupo de personas y se les habían mostrado diez imágenes de su infancia: nueve eran reales y una falsa. El retrato de cada participante había sido pegado sobre el fondo de una feria o de un parque de diversiones que nunca había visitado. El ochenta por ciento se reconoció en la imagen falsa y recordó un hecho que jamás había vivido. El veinte por ciento restante no pudo recordarlo. Pero, cuando los investigadores volvieron a preguntar, dijeron que ahora sí lo recordaban. Habían fabricado una experiencia completa. «La memoria es dinámica. Está viva. Si algún detalle se pierde, la memoria rellena los huecos con cosas que nunca ocurrieron», decía Ari Folman en su película.
Meneó la cabeza con una media sonrisa y volvió a sentarse ante el escritorio. INSPIRACIÓN. No era verdad que buscara eso. En la antigüedad podían creer que una fuerza divina ayudaba a crear, pero él había decidido no creer en ella. En tiempos modernos ya no podía pensar en un poder que infundiera semejante animación a quien lo pidiera o aguardara. No podía tener fe en las musas; pensó que su espíritu debía confiar en algo de índole más psicológica.
Agarró el mouse para posicionarse bien en la pantalla, pero el puntero no se movió. Sacudió el aparato sobre el escritorio, pero no había respuesta en la pantalla. Lo dio vuelta y vio algo blanco adherido en donde debería estar la lucecita roja. Lo despegó. Era un pedazo de hoja arrugada, una bolita aplastada. La abrió y vio que tenía una palabra escrita. Tecleó las letras pausadamente: IDEA. No recordaba si había sido George Bernard Shaw o Stanislaw Lem (o quizá Aldous Huxley) quien había dicho: “Las ideas son como pulgas: saltan de uno a otro, pero no pican a cualquiera”. A esa altura se sentía despreciado incluso por las pulgas. No tenía la más pálida idea de lo que podía estar sucediendo en la abarrotada ciudad que colmaba su mente.
Quizá era justamente eso: tenía tantas ideas que se agolpaban de repente y quedaban atrapadas en algún cuello de botella, justo antes de la salida. Todo el tiempo sentía que una idea estaba por escapar y le entraban ganas de correr hasta la computadora y teclear frenéticamente. Pero, cuando se acomodaba para escribir, se quedaba impávido frente a la pantalla. Escribía una palabra simple o algún concepto mal expresado y, de inmediato, se le drenaba toda la energía. Los dedos le quedaban inertes, como los de un payaso con los codos levantados sobre la mesa, ejecutando algún baile grotesco.
IDEA. ¿De verdad tenía alguna idea para usar esa palabra en un cuento? Pensaba en el uso metatextual que podía llegar a tener, pero perdía todo su contenido al no encontrar un desarrollo gradual. Escribía un renglón y lo borraba porque sentía que se expresaba con la simpleza de un niño, sin profundidad aparente.
Se agarró la cabeza. Se masajeó las cejas y luego las sienes. El vaso seguía inerte junto al sillón. Se quedó mirando al vacío. Comenzó a caminar de un lado a otro, con tranquilidad, dando vueltas alrededor de la mesa donde estaba la notebook. Agarró el vaso y lo dejó sobre el escritorio.
Se dirigió a la ventana, la abrió y sintió el aire fresco y las gotas de lluvia en el rostro. Se quedó mirando hacia afuera, muy por encima de los demás edificios, muy por encima de aquella ciudad sin casas. ¿Qué miraba? No habría sabido decirlo. Con la mirada perdida en un punto de luz indescifrable, quizá intentaba observar el interior de su mente, nublada por una tormenta que no amainaba y parecía convertirse en huracán. Había partes, sectores de su geografía mental, que desaparecían como arrancados por ráfagas repentinas. Por más que buscara y mirara en todas direcciones, no volvía a verlos.
Se dio media vuelta, pero ahora un tanto alterado, todavía con la mirada hacia adentro. Agarró el vaso y se sirvió una vez más. Al tragar el líquido, una tibieza le recorrió el pecho, pero sintió que algo sólido descendía por su garganta. Sorprendido, miró el vaso vacío. No recordaba haberle puesto hielo al whisky; además, nunca lo hacía. No le gustaba que se aguara y se enfriara. Sin embargo, todavía sentía aquello bajar lentamente por su esófago y detenerse en el estómago.
Se sirvió otro whisky. Entonces recordó algo que guardaba en un cajón de la habitación: el regalo de un amigo. Abandonó el vaso a medio servir y fue hasta allí, sacó una pequeña botella de líquido verdoso y vertió un poco en el vaso. Se la habían traído de Europa tiempo atrás. Le habían dicho que se llamaba absenta. Al caer dentro de un vaso nuevo, el verde se abría como una pequeña y preciosa tormenta.
Fue hasta la computadora y buscó información sobre la bebida. Nada en particular: un cuadro de Degas, unas líneas sobre el ajenjo. No buscó más. Comenzaba a sentir un fervor que confundió con voluntad. Tomó la mezcla de un sorbo. Le pareció deliciosa. Vigorosa. Añadió un poco más; primero la mitad del vaso se volvió verde y, después, el contenido entero adquirió un marrón oscuro. Bebió otro poco y se sentó con determinación aparente frente a la pantalla. Todavía tenía la sensación de algo atorado en la garganta, no desaparecía. No le importaba.
Lentamente, comenzó a sentir que algo reptaba desde el estómago hacia arriba, como si buscara una salida. Algo de acidez comenzó a crepitar en sus entrañas. Reflujos de sabores diversos iban y venían desde el interior, se detenían bajo la lengua y volvían a caer hacia los intestinos. La acidez se convirtió en fuegos artificiales. Entonces, una urgencia repentina lo levantó. Caminó lentamente hasta el baño, mientras sentía que la boca se le llenaba de algo rugoso, pequeños trozos de algo indefinido. Ya frente al lavabo, en el espejo su cara mostraba una media sonrisa. No sentía estar sonriendo. Agachó la cabeza, abrió la boca y dejó que todo salga y siga su curso natural: interminables bolitas de papel arrugado comenzaron a salir de su boca, salían impecables y blancas. Abrió uno: FRUSTRACIÓN. Ahora se sentía incómodo. Abrió otro: INEPTITUD. Dio unos pasos para atrás mientras abría otro: MEDIOCRIDAD. Sus pies tenían voluntad propia y seguían retrocediendo. Cerró los ojos y se dejó llevar. Su boca abierta seguía devolviendo una lluvia de papelitos arrugados. Chocó contra la mesa de trabajo. La computadora, sus anotaciones y las bebidas cayeron al suelo. Tropezó con los cables desconectados. Se enredó y trastabilló en dirección a la ventana abierta.
Salió volando, los cables envolviéndolo como una vestimenta de vagabundo mientras pequeñas bolitas de papel seguían brotando de su boca abierta, suspendidas un instante en la lluvia alrededor de un grito silencioso y ahogado.