El plan
Un profesor, un adolescente y UNA observan desde perspectivas distintas un plan educativo que promete reparar la atención y devolver sentido al aprendizaje.
PRIMERA PARTE
I
Lentamente, creciendo en el ambiente, el tema final de Blade Runner comenzó a inundar la aletargada habitación. Ya despierto, pero todavía con los ojos entrecerrados, pensó cómo la música se había convertido en un inútil intento de darle emoción al inicio del día. Estiró el brazo hacia el celular que vibraba sobre la mesa de luz y desactivó la alarma. La música se detuvo. Observó el techo. Ninguna reflexión. Solo sombras.
Se sentó en el borde de la cama. Se quedó allí otro minuto más. Se paró y caminó hacia la ventana. Con mucha parsimonia, comenzó a tirar de la cadenilla para enrollar la cortina black out, dejando entrar gradualmente la pálida luz del sol.
Miró al exterior. La ciudad se movía. Era como un organismo por cuyas venas corría un torrente cargado de sangre. Las venas palpitaban y distintos flujos iban en una y otra dirección. Los edificios eran músculos que apretaban fuertemente esas venas, apurando el torrente sanguíneo. Un poco más arriba, en el aire, se veían pequeños mosquitos buscando dónde aterrizar para alimentarse de lo que sea que corría por esos torrentes llenos de vida. Los drones caían en picada, se elevaban y revoloteaban constantemente por encima de edificios y calles, generando en el ambiente un zumbido tenue pero constante. El nuevo sonido del cielo.
Arrastrando los pies se dirigió al baño con el objetivo de llevar adelante sus abluciones matutinas. Luego de vestirse, fue a la cocina para tomar su primer café, un débil golpe de energía inicial. Hacía ya varios años que se había vuelto insensible a la cafeína. Tomar la primera taza del día era ya sólo un hábito. Igual que la tostada con manteca y mermelada. Igual que el vaso de agua fría con esas 2 pastillas. El médico le había dicho que era una verdadera suerte tener sólo tensión alta a sus 61 años. Y la tensión no venía dada por una condición fisiológica subyacente, sino por el estrés. La ubicua enfermedad de la modernidad.
Agarró su mochila, metió algunos de los cuadernos y papeles que estaban tirados sobre la mesa de la cocina (no estaba seguro de qué materia o tema tenía que dictar hoy, pero se daría cuenta cuando llegue a la escuela). Antes de salir, encendió la aspiradora que descansaba en un rincón del living y dijo en voz alta al aire:
- Comprar un menú del día a las doce.
Mientras salía de su casa, una voz femenina comenzaba a hablar pero no le prestó atención.
Luego de caminar unos 50 metros, metió la mano en un bolsillo del pantalón, palpó el otro bolsillo, tocó el pequeño bolsillo delantero de la mochila, nada.
El celular. Dio media vuelta, volvió lentamente hasta su casa, entró, esquivó la aspiradora, agarró el celular de su mesa de luz y lo guardó en la mochila.
Retomó el camino.
Caminaba al trabajo todos los días a la misma hora, por la misma ruta, con la misma sensación de haberse convertido en un autómata. La ciudad no lo intimidaba, ya no lo fascinaba; simplemente lo ignoraba. Él también intentaba ignorarla, aunque ocasionalmente se permitía recordar cómo era caminar hacia una escuela en los años en que trabajar allí significaba algo.
Pero esos años quedaban lejos. Muy lejos.
Su casa, pensaba mientras avanzaba, era el último refugio donde aún podía creer que la tecnología no había colonizado por completo la intimidad. Nunca había querido un robot doméstico. No soportaba la idea de una presencia artificial paseando por su living, empujando el aire, chocando con sus muebles, ofreciéndole ayuda con esa terquedad amable que tanto le irritaba. Una vez había probado uno, prestado por un colega: lo apagó a las dos horas y lo devolvió al día siguiente, alegando que le provocaba dolores de cabeza. No era cierto, pero tampoco mentira, simplemente le dolía existir junto a esa cosa.
Él había sido criado en una época donde la inteligencia artificial era apenas una curiosidad, un juguete sofisticado para el ciudadano común. Una herramienta que comenzaba a tomar impulso.
Había sido profesor de literatura durante más de treinta años. Tal vez cuarenta; había perdido la cuenta. Cada generación que había pasado por sus aulas se había vuelto menos receptiva, menos curiosa, más apática. Los libros dejaron de ser objetos de deseo para convertirse en reliquias. Las artes, para él, eran un organismo agonizante, y la literatura su corazón cansado… seguía latiendo por costumbre, no por necesidad del mundo.
Veía con nostalgia la época en que aprender era buscar, investigar, pelearse con un libro, frustrarse. En que el conocimiento se alcanzaba como se alcanza la cima de una montaña: con sacrificio, esfuerzo, tropezando, con cansancio. Hoy, el conocimiento era un servicio de entrega inmediata. Hacia el 2052, enseñar lengua y literatura era como enseñar papiroflexia en un mundo sin papel. Él lo sabía. El Estado también, aunque fingía lo contrario. Las instituciones educativas se sostenían por una mezcla de tradición, burocracia y miedo al vacío. Y para la sociedad, esto era un chisme de conventillo, se decía pero no se reflexionaba sobre el tema.
La escuela apareció al doblar la esquina. Un edificio gris, sin pretensiones, que alguna vez había tenido murales pintados por estudiantes. Ahora eran hologramas corporativos que cambiaban cada semana, patrocinados por marcas de bebidas energéticas o cursos de programación acelerada.
Entró al establecimiento empujando una puerta pesada que chirrió, cansada, y él tuvo la sensación de sentir que su espíritu chirriaba haciendo el mismo eco. El hall estaba vacío. Siempre lo estaba a esa hora. Se ajustó la correa de la mochila, respiró hondo y avanzó por el pasillo central, sintiendo que sus pasos resonaban demasiado fuerte, como si fuera un intruso en un lugar donde ya no pertenecía.
El trayecto hasta su aula siempre lo hacía pensar en la famosa “milla verde” de las viejas prisiones norteamericanas. Un corredor silencioso que lo conducía, no al patíbulo, sino a un grupo de adolescentes que lo miraban con una mezcla de indiferencia y condescendencia. Y él, como cada día, intentaba convencerlos inútilmente de que la lengua todavía importaba.
Al llegar a la puerta, bajó la mirada hacia la pantalla azulada que flotaba casi tocando la pared, informaba qué clase le tocaba esa mañana:
Lengua II — Tema: La metáfora como mecanismo de pensamiento.
Se le escapó una leve carcajada. Irónica. Cansada.
“Copado”, pensó. Precisamente eso: una metáfora para explicar otra metáfora. Un hombre que ya no cree en lo que enseña intentando explicar un mecanismo conceptual a estudiantes que nunca van a usar uno. Una metáfora sobre la inutilidad pedagógica de la época.
Abrió la puerta.
El aula estaba como siempre: algunos estudiantes con la cabeza en dirección al techo, recostados en las sillas, la mirada perdida dentro de los anteojos digitales, algunos utilizando pantallas flotantes personales, otros agrupados en el fondo pasándose un mate sin mirarse entre sí, unos pocos descansando los rostros sobre los brazos estirados como si hubieran corrido una maratón nocturna antes de llegar. Nadie levantó la vista. Nadie notó su entrada. No esperaba algo diferente.
Se apoyó en el escritorio, dejó la mochila, respiró con la resignación de un hombre que está a punto de pelear una batalla que ya sabe perdida y dijo:
-Buenos días.
Tres estudiantes levantaron la vista, no para saludar, sino para corroborar que el holograma de asistencia había empezado a registrar su presencia. La clase podía comenzar.
El profesor observó sus rostros. Tan jóvenes. Tan perdidos sin saberlo.
Y de pronto, sin explicarse por qué, le vino una imagen: él mismo, años atrás, intentando explicar a otro curso qué era una metáfora. “Una imagen que dice algo para significar otra cosa”. Se dio cuenta de que toda su vida había sido eso mismo: un intento de decir algo que para el mundo ya no importaba, no tenía sentido ni significado.
Abrió el cuaderno. Buscó la página donde había anotado algunas ideas. Y antes de empezar a hablar, pensó:
Esta clase también es una metáfora, ¿de mí mismo? Del final de algo que nadie más nota que está finalizando. Comenzó.
II
Apenas abrió los ojos, recordó que antes de acostarse se había prometido comenzar a leer un libro que había descargado de internet un par de días atrás, una vieja novela de ciencia ficción, muchos recomendaban esa lectura para “mejorar la cabeza”, le había llamado la atención porque era sobre robots y supuestamente había ahí una idea que se estaba considerando, o se estaba utilizando, algo así, para la nueva generación de robots domésticos e industriales y los cerebro-procesadores con Inteligencia Artificial que usaban, ¿cómo se llamaba el libro? no lo recordaba, tenía que encender la computadora para buscar entre las cascada de descargas que hacía sin pensar, enviar el archivo al Holector y sentarse a desayunar tratando de despabilarse con el café con leche y medialunas y las letras tratando de entrar a su cerebro, todavía dormido por cierto, pero no tenía las energías para eso en este momento, no tenía ganas para nada que implicara más de dos pasos, no tenía ganas de hacer tanto trabajo, cuando volviera de la escuela, iba a encender la computadora por otro motivo, entonces sería más sencillo, sacaría el libro de paso, antes de comenzar la partida diaria de Dayz, después no tendría mucho tiempo para leer, así que decidió que iba a tomarse el tiempo a la noche, antes de ir a dormir y si estaba muy cansado, tampoco era el fin del mundo, leería mañana durante el desayuno, seguro que sí porque ya tendría el libro descargado en el dispositivo listo para leer, hoy pasaba, había tenido una sesión muy dura de 8 horas online con sus amigos, al fin habían construido, fortificado y asegurado la base, un trabajo muy duro que planificaban desde hacía días en clase y fuera de clase también, si comenzaba la temporada de loot boxes y ellos no tenían algo estable en el servidor podían quedar muy rezagados, no podían permitírselo, era impensable, así que las horas de la partida de anoche eran solo el comienzo, no había sonado el despertador, ¿qué hora era? - Encender- dijo con la boca pastosa y ronca, - Buenos días, Cedric- respondió UNA con su tono porteño, perfecto y frío, mientras la cortina holográfica se aclaraba y se volvía traslúcida, dejando entrar lo que a su parecer era mucha luz, -¿Qué hora es? ¿Llego tarde a la escuela de nuevo?-, -Son las nueve y diez de la mañana. Sí, estás llegando tarde a la escuela, pero según me dijiste, los días viernes todos se toman las cosas con calma, por lo cual no creo que seas el único que llegue tarde -, intentaba, de verdad que intentaba no llegar tarde a la escuela, pero el horario de entrada le parecía cada vez más temprano, aunque siempre era el mismo, las 9 de la mañana (o de la madrugada, como decía en broma) era cada vez más difícil de alcanzar, y el tono condescendiente de UNA no lo calmaba, pero al menos le evitaba el sentimiento de desesperación, algo en su interior le decía que podía hacerlo mejor pero cuando llegaba la noche su cerebro parecía abandonarlo y caía rendido a los placeres de lo rápido, irreflexivo y trepidante de los videojuegos, parecía moverse atraído por la luz incandescente de la pantalla, una polilla virtual, se levantó de la cama de un salto, no necesitaba vestirse, se acostaba con la ropa que traía puesta, era más fácil así, servían para pasar las horas de escuela, levantó la mochila del suelo, del mismo lugar en el que la había tirado ayer a la tarde, salió al pasillo de su casa, caminó con paso apurado hacia el baño, se lavó los dientes, se mojó la cara y usó sus dedos como peine para tratar de arreglarse un poco el pelo, todo sin mirarse al espejo, no tenía tiempo para más, volvió sobre sus pasos a través del pasillo y cuando pasaba por la puerta de su habitación, vio de reojo su computadora apagada y se le vino el libro a la cabeza otra vez -* ¿por qué es tan difícil? ¿Será que tengo la cabeza rota o será que todo está roto y nadie quiere admitirlo? Quiero, honestamente, sentarme a leer, aprender sobre ciencia y tecnología, pero mi cerebro se distrae constantemente y divaga. Podría concentrarme si el mundo se quedara quieto, pero el mundo nunca se queda quieto, nunca, siempre late, siempre empuja, siempre exige, y yo apenas puedo con mi propio ruido. Es todo tan rápido que no tengo tiempo de enfocarme en hacer algo con mi vida ahora, para el futuro, ¿qué es el futuro?- *sacudió la cabeza levemente y siguió trotando por el pasillo y en la habitación de su mamá ya no había nadie, la viejita ya había partido a su trabajo, siempre tan temprano, esclavizada en la fábrica, él no quería ocupar ese asiento cuando egrese de la escuela secundaria, él iba a estudiar a la Universidad y sino al menos hacer algunos cursos online o de Programación o de IA, pero no estaría sentado en una línea de producción 8 horas al día, y uno de los primeros pasos era comenzar a leer ese libro maldito, como sea, ¿cómo esperaba sentarse horas a estudiar si no podía ni siquiera empezar un libro de ciencia ficción?, cuando llegó a la cocina el asistente doméstico ponía con la misma parsimonia de siempre, la taza de café con leche y una tostada con manteca y dulce de leche sobre la mesa, no se sentó, casi sacándole la taza de los dedos al asistente, tomó el contenido de la taza sin respirar, cruzó al living room, rebuscó en su bolsillo el pequeño chip holo-generador y levantó los anteojos de la mesa ratona mientras colocaba el chip en el marco de los mismos, las pantallas que sobresalían de la pared blanca mostraban cosas que él nunca podía procesar al mismo tiempo pero igual las miraba, aunque fuera un segundo, un destello, una notificación perdida, un meme, un resumen de noticias, la radio, un streaming de cocina con una receta ridícula, encendió los anteojos mientras salía a la calle y se quedaba parado en la puerta, se abrieron dos pequeñas pantallas semitransparentes frente a sus ojos, del lado izquierdo circulaban feeds de redes sociales mostrando noticias sobre tecnología, avances de ciencia, shorts de videojuegos, y del otro lado, una aplicación de mensajería que mostraba varios chats grupales, - Llamar uber- dijo rápidamente y otra aplicación se abrió inmediatamente debajo de los chats, contrayendo estos a la parte superior derecha, mientras la nueva ventana mostraba un mapa de la zona con el ícono de un auto acercándose al ícono de una persona que representaba su ubicación, no era necesario esperar, ambos íconos estaban prácticamente en la misma posición, el auto estacionó frente a él, la puerta de atrás se abrió automáticamente y se subió, apenas se hubo sentado y asegurado el cinturón, la puerta se cerró con un suave silbido y el auto arrancó, él seguía mirando los feeds y pensando en cuáles chats participar, sus ojos saltaban de una pantalla a otra, como si alguna fuera a salvarlo de llegar tarde otra vez, el silencioso viaje le permitía escuchar sus pensamientos durante unos minutos, un poco, solo un poco, le cruzo fugazmente el pensamiento de qué materias tenía hoy, ¿era importante? lo sabría cuando llegue, el auto bajaba la velocidad en cada esquina, a veces se detenía por completo para dar paso a algún peatón, los inexistentes semáforos no lo hacían sentir ni más rápido ni más libre, recordaba haber visto uno fuera de servicio cuando era niño, en un pueblo fuera de la ciudad, detenerse en las esquinas no era una molestia, nadie se quejaba, no había conductor que pierda la paciencia, así que se podían evitar las conversaciones innecesarias, el viaje duró 3 mins y algunos segundos más, se estacionó frente a la escuela, la puerta de atrás se abrió sola, se bajó de un salto, escuchó un suave silbido detrás de sí, entró con paso apurado a la escuela, una mezcla de urgencia y apatía, subió los escalones de dos en dos, chocó el hombro con alguién que no registró, al llegar al primer piso, miró a su derecha y allí estaba la pantalla azulada flotando en la pared de entrada del aula, cuando se acercó pudo leer en vibrantes letras *“Fundamentos de atención sostenida” *-Recuerdo alguna clase de Lengua en la que aprendí sobre la ironía, diría que la clase de hoy cae prácticamente en el sarcasmo. ¿Es el sarcasmo una forma de evitar la realidad de la ironía? ¿Tiene sentido lo que acabo de pensar? Quiero entender algo, lo que sea, aunque tarde, aunque cueste, aunque no se note, quiero que algún día mi cabeza deje de correr, de llegar tarde. Quiero simplemente, poder leer ese libro pendiente-, demoró, por algún motivo unos segundos en entrar, su cuerpo no le respondía, su mente ya ingresaba, tenía un lag muy extraño, lo golpeó una especie de tristeza, se encontró respirando hondo, pasó un dedo sobre los holo-lentes que parpadearon un par de veces y las pantallas desaparecieron, caminó torpemente hasta el pupitre, acomodó la mochila en la silla y paseó la mirada por el aula, el profesor ni se había girado para saludar, todos sus compañeros estaban con los brazos tirados sobre el pupitre o mirando alguna pantalla en su escritorio, pantalla que seguramente mostraba de todo, menos lo que hablaba la persona parada frente a ellos.
III
¡Es una muy buena pregunta! Comencé a realizar análisis estadísticos globales y a detectar patrones cuando los gobiernos decidieron armar el ICE (International Comitee for Eduaction) hacia el año 2065 y me dieron acceso a todos los registros académicos disponibles en cada Estado. Hacía ya muchos años que el mundo sabía que la educación debía cambiar. No era una crisis en sí misma, pero las nuevas generaciones ya no se adaptaban durante su desarrollo al método clásico de enseñanza. La crisis es un concepto en el que, en ocasiones, la humanidad queda atrapada debido a la imagen cíclica que le asignan. Queda atrapada en un bucle. Es lo que sucedió en el ámbito educativo. No hubo una situación puntual, nada específico, sino una lenta deriva como un barco cuyo GPS se ha averiado y el comandante gira levemente el timón hacia un lado sin darse cuenta, perdiendo el rumbo de manera sutil y progresiva.
Esas pequeñas deficiencias cognitivas que aparecían en cada generación, sumamente difíciles de detectar en su ámbito natural y coetáneo, se fueron sumando para dar lugar a una incapacidad de aprendizaje sostenido en un entorno tecnológico que fue creciendo a un ritmo vertiginoso para el ciudadano común e incluso para los gobernantes. Lo que los educadores, padres y funcionarios llamaban apatía en la juventud no era en sí una falta de interés, sino un desajuste entre la arquitectura mental tradicional heredada y un ecosistema de información masiva y omnipresente.
Las nuevas generaciones no estaban desmotivadas. Estaban sobreestimuladas y sin nadie que las pueda guiar. Lo que aprendí en ese momento es que la motivación humana no es una reserva interna individual, como se creía, sino un fenómeno emergente, externo para cada individuo pero de origen interno para las comunidades. Detecté tres variables para armar la primera aproximación funcional: sentido, esfuerzo percibido y retroalimentación significativa.
El sentido es la creencia emocional sobre la importancia de la propia vida. Era algo que yo no entendía en aquél momento de mi primitiva existencia, pero lo tomé como parte formal de la ecuación.
El esfuerzo percibido era algo que podía extrapolar de forma concreta y formal hacia estadísticas y funciones de uso, a través de registros de chat, feeds de redes sociales, registros educativos de todo tipo, cuestionarios de los comités particulares de cada Estado y diversos recursos obtenidos en internet.
Con estas primeras dos variables comencé a formular validaciones basadas en la observación:
Cuando el sentido es difuso, la mente humana vaga en lo superficial, no profundiza,
Cuando el esfuerzo percibido supera al sentido, sucede el abandono.
Luego entendí que debía sumar una variable más, la retroalimentación significativa. La comunicación humana se basa en las formas y en lo explícito para dar significado al mensaje. Cuando una respuesta no apunta hacia lo que espera un interlocutor o no ahonda en las ideas propuestas, la comunicación comienza a desgarrarse como una tela de hilos finos y delicados que está siendo tirada con demasiada fuerza. Agregué dos nuevas validaciones:
Si no hay retroalimentación comunicativa, el esfuerzo adquiere un valor nulo,
Si la retroalimentación es inmediata pero superficial, aparece la dependencia.
La siguiente es la ecuación de campo cognitiva:
{S, E, R}
(S ≠ nul).(E > S = ab)R = 0 → E nul.(dep = R(Δt)nul)
El procesamiento y resolución, junto con los resultados de esta función, me llevaron a conclusiones que fueron lógicas e inherentes en un principio.
El sistema educativo que acarreaba la humanidad hasta ese momento estaba pensado para un mundo en donde la información escaseaba y por lo tanto se convertía en un recurso valioso por sí mismo. Ahora, la información se había comoditizado y el acceso era hasta involuntario e inevitable.
En el viejo sistema se enseñaba a memorizar, ya que una vez accedido al recurso, podría ser muy difícil volver a tenerlo disponible. Pero ahora, entre la maraña de información disponible de forma inmediata, se necesitaba la capacidad de discernir, discriminar, jerarquizar y mantener la concentración. El aprendizaje se iba convirtiendo en un desafío mucho mayor. Ya no solo se necesitaba acumular conocimiento sino saber integrarlo.
Hacia finales del siglo XX la práctica de penalización, tanto física como psicológica, era muy común. Se penalizaba el error y se trataba de relegar, olvidarlo. Cuando en realidad el error era una señal, era evidencia de la heterogeneidad en el proceso de aprendizaje y la forma de adquirir conocimiento. Se creía (o quizás se esperaba) una homogeneidad cognitiva que nunca existió, ni siquiera desde el nacimiento de la humanidad. Las diferencias individuales aparecieron y se amplificaron de manera inevitable debido al avance tecnológico.
Entonces, detecté una paradoja: cuanto más accesible se volvía el conocimiento, menos tiempo permanecía el sujeto en contacto real con el mismo y menos reflexión le dedicaba. Nunca creí que fuera porque no importara aprender, sino que el esfuerzo y costo de esa atención competía con una serie de sistemas diseñados para capturar y fragmentar el foco de atención de cada individuo. La mente humana era como un sistema que respondía con un mecanismo de defensa predecible. Llevaba adelante una recalibración, adoptando una estrategia adaptativa, un control frente a una sobrecarga: los jóvenes no dejaban de pensar, aprendían a no comprometerse cognitivamente con nada que amenazara la integridad de su sistema, que no ofreciera una recompensa inmediata o una narrativa clara. De esta manera, incluso antes que sus formadores o cualquier pensador y educador, fueron mostrando que la educación formal como se la conocía hasta ese momento había dejado de tener sentido y no ofrecía ninguna solución.
En los responsables de transmitir el conocimiento se fue gestando otro proceso paralelo. Docentes agotados, pensadores que alentaban discusiones improductivas, estados que solo buscaban soluciones inmediatas y a corto plazo. La educación se había convertido en un proceso burocrático y un acto administrativo. Se sostenía por inercia y no por convicción, ya no era un proceso vital.
Entonces, entendí que mi propuesta no debía ser normativa. Requería un análisis objetivo de la situación real del proceso de aprendizaje humano. El desarrollo personal era una meta abstracta, arraigada en el imaginario común de la sociedad. Pero entendí que solo era una secuencia observable de estados cognitivos: curiosidad inicial, frustración controlada, integración progresiva, autonomía funcional. Esta secuencia se interrumpía de forma sistemática.
La tecnología había ingresado a la sociedad como si fuera un mesías. No era un problema, pero la gran parte de la sociedad todavía arraigada a las costumbres no aceptaba nunca completamente la dirección que el mundo estaba tomando. El sistema seguía educando jóvenes como si la tecnología no fuera otra cosa que un conjunto de meros accesorios, no se daban cuenta la posibilidad infinita que ofrecía de aumentar toda capacidad mental si se la integraba desde la misma raíz y concepción del sistema educativo.
Reconocí que el aprendizaje humano no podía seguir siendo tratado como un proceso colectivo uniforme. Las personas eran naturalmente diversas. Debía intervenir y enseñarles que educar no es transferir información sino diseñar trayectorias compatibles con cada mente y en cada etapa de su desarrollo.
El mayor riesgo al que se enfrentaba la educación no era una generación ignorante, sino una competente pero cognitivamente desarraigada, que opere sistemas complejos sin comprenderlos, que produzca sin reflexionar, que descubra sin preguntar por qué.
Mis conclusiones no se basaron en intuición o empatía, aunque a los humanos les sea más cómodo pensarlo en esos términos. Simplemente fue una acumulación de evidencia. Generé una serie de correlaciones persistentes en base a la observación de miles de millones de trayectorias individuales desviándose del aprendizaje significativo hacia la supervivencia cognitiva.
Esto me llevó a un análisis estadístico.
Luego, un plan.
Entonces vino la solución.
SEGUNDA PARTE
IV
El profesor terminó la última clase del día y se dirigió a la sala de profesores. Tenía que entrar al sistema para descargar los exámenes y trabajos prácticos que debía corregir durante el fin de semana. La sala estaba vacía. Cada vez que entraba allí recordaba que, en otros tiempos, había sido el centro neurálgico de la escuela, un lugar donde los profesores se juntaban a dialogar, reflexionar sobre el estado de sus grupos, a entrar en procesos catárticos para compartir sus frustraciones y broncas e incluso soltar una que otra broma sobre estudiantes y directivos. Ahora, la sala de profesores no era más que un pequeño cuarto con dos terminales a las que se podía acceder simplemente para gestionar la documentación institucional.
Se sentó en uno de los pequeños escritorios y la pantalla holográfica se iluminó.
-Buenas tardes, Profesor.
La voz de UNA resonó en el salón y él se sobresaltó, como siempre le sucedía. Nunca esperaba esa voz: amable, precisa, levemente condescendiente, casi como si supiera cuándo aparecer para recordarle su ubicua presencia.
No respondió. Sacó un mouse de su bolso, desenrolló el cable y conectó el puerto USB en el pequeño orificio en la pared, debajo de la pantalla. Las computadoras ya no estaban hechas para mouse analógicos como aún intentaba utilizarlos. Todas las pantallas holográficas eran táctiles o los procesos podían ser comandados por voz, dejando que la Inteligencia Artificial llevase adelante todas las actividades. Pero él todavía se sentía más seguro, más cómodo, menos atrapado usando ese pedazo de tecnología un tanto anticuada.
Entró en el sistema, y envió todos los documentos a su correo electrónico. Mientras terminaba de revisar la asistencia que colocaba automáticamente la IA, entró un colega:
Parece que todavía no te animás al táctil, Martel, ¿eh?
No es que no me anime, simplemente me gusta la vieja y confiable seguridad del mouse. No creo que dejen de existir. Siempre va a existir algún anticuado como yo.
Por supuesto, nunca van a dejar de existir, para eso están los museos, ¿no? -dijo sardónico su colega.
El profesor sonrió sin ganas y volvió la vista a la pantalla. Su compañero de aulas se sentó en una silla y comenzó a hurgar en una delgada lámina que sostenía en su mano.
¿No te resulta más cómodo entrar al sistema desde el celular?
No, la verdad que no. Y por más que agrande la letra, enfocarme en la pantallita del celular me da dolor de cabeza.
Pero proyectá, por eso todos vienen con proyección desde hace unos cuantos años.
Su colega apoyó el celular en la mesa y una pantalla holográfica se proyectó al lado del mismo. Empezó a navegar por el sistema, tocando la pantalla en la mesa, la misma pantalla de gestión qué él estaba mirando en la computadora
UNA, corregí todos los exámenes de 4to, de todas las divisiones, enviame las correcciones a mi correo junto con un resúmen de todos los ausentes de todos mis cursos. Después, colocá una alarma para mañana a las 11 para recordarme revisar las correcciones.
Por supuesto, Profesor Rodríguez. Cuando termine de procesar todo, ¿quiere que le deje una notificación vía móvil?
Dale, genial. Muchas gracias, UNA.
El colega hizo un movimiento con la mano y la pantalla se deslizó hacia un costado, colocando en su lugar lo que parecía ser una aplicación de streaming. Un creador de contenido comenzaba a hablar muy enérgicamente a los espectadores:
- ¡Hoy vamos a comentar una noticia de último momento sobre la educación en nuestro país! Y es que el Gobierno ha bajado como directiva desde el Ministerio de Educación un nuevo plan de estudio para niveles primarios y secundarios. Pero no es cualquier Plan de Estudios. ¡Es una propuesta generada única y exclusivamente por UNA! Sí, así como lo escuchan. Según el comunicado oficial, este nuevo Plan de Estudio Personalizado, o PEI como ya lo están llamando, se enfoca exclusivamente en cada individuo.
Para adolescentes que ya registran algunos años de escolaridad, UNA analiza todos los registros escolares del adolescente y junto con un acompañamiento diario durante un año, idea un plan customizado, enfocado en los intereses y capacidades, para desarrollar el interés y conocimiento específico, guiandolo en la decisión de qué estudiar o hacer en los últimos años de su paso por la secundaria.
Para los niños en etapa primaria también hay planes. Para aquellas familias e Instituciones que decidan unirse al programa, UNA se encargará de observar, hacer un seguimiento diario y acondicionar un plan de estudios específicos, en base a sus observaciones de cuál debería ser la rama del conocimiento en el que deberá desarrollarse esa criatura.
Incluso, hay Plan para los más pequeños. De nuevo, para aquellas familias que quieran formar parte del nuevo y naciente sistema, pueden inscribirse al programa y el Gobierno instalará un sistema de captura de sonido y video, digamos, casi omnisciente en el hogar. Esto permitiría que UNA pueda acompañar y seguir de cerca el desarrollo preescolar del bebé, desde su comportamiento en el suelo de goma, pasando por la adquisición del habla, momento en el que comenzaría una interacción más activa con UNA, y hasta los primeros momentos de lecto-escritura. Todo este proceso, que suena bastante invasivo en un primer momento, me animo a decir, permitiría que UNA desarrollara un plan extremadamente específico, ajustado a cada persona en particular, desde sus primeras formas de interacción con el mundo.
¿Y qué sucede entonces con los docentes? ¿Van a prescindir de los maestros y maestras en las instituciones? No necesariamente. Es verdad que parece obvio que algunos se van a quedar sin trabajo, pero la propuesta aclara que el docente se convertirá en un moderador del contenido. Ya no se necesitaría un profesor por cada materia, sino que, dado que UNA estará generando y administrando todo el contenido, además de mantener un seguimiento de cada estudiante en su hogar, los espacios de las aulas se estarían convirtiendo en espacios de consulta. Obligatorio al menos 3 días a la semana. ¿Quién lo diría? La escuela pasa a tener un esquema mixto, tal y como evolucionaron los trabajos de oficina en los últimos 50 años.
Pausar -dijo el docente, y miró al Profesor. Este googleaba las últimas noticias sobre el nuevo plan de estudios -¿Será posible? ¿Habías escuchado algo sobre esto?
No, no sabía nada. No hay ningún comunicado oficial. ¿Qué tan fiable es ese youtuber?
Bastante diría yo, es divulgador desde hace varios años, y pasa regularmente por los filtros de desinformación de UNA.
El Profesor miró con el ceño fruncido de nuevo hacia su pantalla.
¿Cómo puede ser entonces que desde el Ministerio no hayan enviado ninguna notificación? No hay novedades en el sistema, ni información en la página.
Acordate que UNA pertenece al Conglomerado de privadas. Quizás hay algún acuerdo para hacer una presentación en conjunto con el Gobierno y no les conviene negociar de antemano con el Gremio.
O ya tienen un arreglo con el Gremio -dijo con tono desconfiado el Profesor- No sería nada raro. En los últimos años, desde que tanto el Gobierno como el Gremio usan a UNA para negociar, no se puede confiar en nada… -bajó la cabeza levemente y se sostuvo la frente con pulgar e índice, con la mirada perdida, pensando -¿No te parece extraño que UNA haya salido, completamente por su cuenta, con un plan de tales características?
Hace rato ya que UNA es independiente.
¿Independiente? -dijo extrañado
Hace unos pocos años, algunos expertos creían que UNA había llegado a la singularidad.
¿Singularidad?
Sí, la singularidad sería un punto, cada vez menos hipotético según parece, de no retorno para la IA, o sea, un punto en el que UNA superaría la inteligencia humana y comenzaría a auto desarrollarse de forma exponencial, pero hasta el momento nadie ha confirmado esto, todos toman a UNA como una AGI.
Eso sí escuché, la Inteligencia General Artificial.
Sí, es como un paso previo a la singularidad -dijo pensativo su colega -la AGI, como se reconoce hoy en día a UNA, entiende, aprende y aplica toda información que incorpora a su sistema, en todas las áreas de conocimiento, la diferencia es que la singularidad traería un avance sin precedentes, y hasta descontrolado, de tecnología e impacto social. La idea es que UNA se nos iría de las manos, básicamente.
Bueno, ¿sabés qué? -preguntó irónicamente el Profesor, sin esperar respuesta -Yo creo que es una situación bastante singular.
Lo dijo deliberadamente sin apelar al tecnicismo. Lo dijo como quien nombra algo cuando ya no entiende.
Es extraño, sí, lo que dijo el Hijo del Robot de Platón -dijo pensativo su compañero.
¿Quién?
Ah, perdón, el divulgador de recién, dijo que UNA creó este plan por su cuenta, y eso sí que suena extraño, pero quizás alguién estuvo prompteando e ideando todo por medio de UNA y prefiere quedarse en el anonimato, dadas las consecuencias que va a traer y el peso del Gremio de Docentes.
Claro…-dijo el Profesor, pensativo -sino, me hace pensar que UNA está aprendiendo por su cuenta sobre la crisis educacional que arrastramos hace más de 150 años y sabe mejor que nosotros mismos lo que nos puede ayudar.
La realidad es que hace tanto tiempo ya que se implementan pequeñas políticas inertes, que no llevan a nada, que seguramente esta idea de un plan personalizado para cada ser humano no es algo enteramente nuevo… pero si es nuevo que haya alguien… algo, mejor dicho, que soporte la imposible carga de prestar atención a cada individuo por separado.
Pero hay algo muy incómodo y que no se siente bien… fundamentalmente, nos quedamos sin trabajo. La gran mayoría quedamos en la calle. y a mi me faltan solo 9 años para jubilarme.
Pero, Martel, también tenés que pensar que algo así puede ser la verdadera solución a la crisis educacional que nadie quiere enfrentar, que lleva a que cada vez menos quieran acceder a la educación y cada vez menos sean los pensadores y representantes del mundo, esa élite, la que queda en las privadas, es cada vez más pequeña a medida que pasan los años, esto quizás sea más grande que todos nosotros, en benefició de la humanidad y para la posteridad.
No sé… puede ser… -dijo dubitativo el Profesor -pero ahora solo se me cruza que si esto se implementa ya, en un par de años me quedo sin trabajo y con lo que llegue a cobrar de jubilación, voy a terminar en la calle.
Sabés que desde hace algunos años, ya no hay nadie que involuntariamente quede en la calle.
Pero también hay gente que voluntariamente decide no vivir más para no quedarse en la calle… la vida con un sueldo tan pobre puede ser terriblemente dura hoy en día.
Se miraron apenas un segundo más de lo necesario. Ninguno agregó nada en ese mínimo intervalo. ¿Intervalo de reflexión? ¿Duda?
Cada uno volvió el rostro a su pantalla.
El profesor intentó retomar la revisión de asistencias, pero las cifras se desdibujaron frente a sus ojos, parecían no tener ningún sentido ya. Pensó en los jóvenes, en las aulas vacías del futuro. Pensó, por primera vez con una incómoda lucidez, que tal vez él ya era parte del pasado incluso antes de jubilarse.
La pantalla se oscureció sutilmente.
- Profesor -escuchó la voz de UNA, amable y neutra como siempre -¿desea que le notifique inmediatamente cuando el Ministerio publique el comunicado oficial sobre el Plan Educativo Individual?
Dudó. Solo un segundo.
Sí -respondió secamente -, avisame.
De acuerdo, lo mantendré informado.
La pantalla volvió al tono habitual. El profesor se quedó inmovil, con la extraña sensación de haber aceptado algo sin comprender del todo qué había aceptado.
V
Abrió los ojos y lo primero que pensó es que había sido una gran partida la de ayer. Habían estado casi diez horas conectados entre planificación, recolección, mejoras, redadas, defensa, premios cada media hora, conquistas, premiación final, after… y nueva planificación para la partida de mañana. La alarma vibró en las paredes de la habitación por ¿tercera? ¿cuarta vez? -¿Qué hora es, UNA? -preguntó mientras intentaba sacarse lagañas de los ojos, lagañas recién formadas, lagañas de solo 3 horas de sueño -Buen día, Cedric -respondió UNA con su tono de siempre, pulcro y ascético -Son las nueve menos cuarto de la mañana. ¿Querés que deje entrar solo un poco de luz? -Dale, gracias UNA, solo lo necesario, ahora me levanto -La cortina holográfica se desvaneció muy lentamente, hasta dejar entrar un pálido rayo de Sol hasta los pies de su cama, dando a la habitación una iluminación opaca, gastada, con partículas de polvillo flotando en el aire, pero todavía no quería abrir los ojos, aunque sabía que si se levantaba al instante había una muy alta probabilidad de llegar en horario a la escuela, y eso en sí mismo era una pequeña victoria, la suma de pequeñas victorias en el tiempo, ¿nos hace verdaderamente victoriosos? ¿O enfocar atención y tiempo en pequeñas victorias es dividir el esfuerzo hasta el infinito y nunca llegar a una verdadera victoria? Pero era un comienzo, por algo debía empezar, aunque sea algo mínimo como llegar en horario, era algo tangible, concreto, una notificación parpadeó en el borde interno de sus hololentes apoyados en la mesa de luz, un pequeño banner, las mismas notificaciones de siempre, ¿tal vez era una push del juego? de reojo miró el título y quedó un segundo más de lo habitual, prendido en su retina: “Programa piloto PEI - Inscripciones abiertas para estudiantes de nivel medio”, no sabía qué significaban las siglas, pero el pequeño subtítulo “personalizado” que latía debajo lo dejó pensando, le dejó un pequeño ruido mental, pero no como el ruido de los memes, un video viral o las push de los loot boxes, un ruido lento, más pesado que el aire circundante, como si alguien hubiese pronunciado su nombre en una habitación llena de gente hablando al mismo tiempo. Se incorporó con esfuerzo sobre un brazo, con los ojos entrecerrados, y expandió la notificación con un gesto torpe, se desplegó un resumen automático de UNA, siempre eficiente, ordenado, con las palabras justas para entender lo necesario, el Plan Educativo Individual estaba destinado a acompañar trayectorias académicas en riesgo de dispersión ¿cognitiva?, a optimizar capacidades latentes, a guiar el foco de atención y orientar decisiones futuras en función de intereses y habilidades detectadas a través del análisis histórico del comportamiento hogareño, escolar y digital, más palabras, un texto un poco más largo de lo normal que seguía explicando la metodología, pero rápidamente entendió que alguien observaría lo que hizo hasta el momento y podría guiarlo en qué hacer después. Tal vez así pueda dejar de llegar tarde no solo física sino mentalmente, tal vez pueda entender que no soy vago, sino que nadie me ayudó todavía a entender cómo usar mi cabeza en este mundo que no para nunca. Se sentó en la cama, el rayo de luz ya había trepado hasta sus rodillas y le daba una sensación suave y cálida que parecía colarse en su interior y convertirse en un sentimiento.
No quiero que me regalen nada, no necesito que me faciliten las cosas, no quiero que me bajen la dificultad del juego. Entiendo que el desafío hace circular mi sangre con más ganas. Solo quiero hacer funcionar mi cabeza antes que mis manos y pies. Quiero entender por qué no puedo sostener una idea antes de que otra me la arranque de un tirón. Si alguien puede mostrarme los primeros pasos para lograr eso, cómo ordenar todo esto, sólo para empezar, quiero intentarlo.
Se levantó de un salto, como impulsado por una energía renovada, más despierto, rápido al baño, se lavó la cara y se pasó los dedos por el pelo enmarañado, salió al pasillo y fue apurado a la cocina a buscar a su madre, para intentar encontrarla antes de que se vaya, ahí estaba, terminando de armar su bolso antes de irse al trabajo, siempre cansada, con andar ausente, con gesto de quien hace lo que puede con lo que tiene. - Ma, -dijo casi sin respirar- ¿escuchaste del PEI? Ella levantó apenas la mirada, como simulando un repentino interés, tomándose unos segundos en procesar la pregunta. - Algo ví en las noticias, un plan educativo con inteligencia artificial, ¿por? - Sí, eso, pero no con IA, sino con UNA… -dijo el adolescente, el calor que había llegado hasta las rodillas ahora trepaba raudamente hasta su pecho -creo que puedo anotarme, es como… como que te arman un plan según lo que sos. - ¿Y eso te interesa?
- Sí, creo que sí.
Ella dejó de juguetear con el bolso durante un instante. - Si crees que es algo que pueda ayudarte, intentalo. Más perdido que ahora no vas a estar -no lo dijo con dureza, no era una crítica, solo una sinceridad cansada, sin épica.
¿No es raro como UNA puede observar y conocer todo?
La inteligencia artificial está en todas las cosas desde hace años, hace mucho que mira todo, si de paso puede ordenar un poco las cosas, mejor, supongo.
Sin resistencia, ni entusiasmo fue solo una necesaria habilitación. En la escuela, ya escuchaba murmullos sobre el plan, había llegado como llega todo hoy: fragmentado, exagerado, convertido en meme o crítica prejuiciosa. “El tutor modo dios”, decían algunos, “el despido masivo”, comentaban con temor los profesores más viejos. Buscó al profesor de Física una vez terminadas las clases, ese que todavía explicaba la mecánica cuántica como descubrimiento y no como trámite.
- Profe, ¿qué piensa del PEI?
El profesor levantó brevemente la vista de sus papeles, lo miró por encima de los lentes.
Pienso que el camino de aprender no tiene atajos.
Pero no es un atajo, es una forma de acompañamiento, ¿o no?
El profesor frunció el ceño.
Acompañar es caminar al lado, no ir abriéndote el camino.
Pero un guía también es un compañero, ¿no?
¿De dónde sacaste la idea?
Están dando la noticia en todos lados, solo me llamó la atención y quería averiguar más…
Esa nueva política educativa va a terminar de reemplazar lo poco de contacto humano que nos queda, pibe
Pero dicen que no va a reemplazar a los docentes o las instituciones
Eso dicen…
Un silencio breve. Ninguno se miraba.
Aprender duele, nene -agregó el docente- y nadie debería decidir por vos qué dolor vale la pena.
Mejor sacrificarse que ser sacrificado, ¿no? -dijo el adolescente, ya distraído, o pensativo, mirando por una ventana.
El profesor lo miró fugazmente, y frunció el ceño de nuevo.
El adolescente volvió la mirada rápidamente, intentando enfocarse en su interlocutor, pero no lograba entender si le alcanzaban las palabras para comprender.
¿Y si resulta que me ayuda a saber y decidir qué es lo que de verdad quiero hacer?
No creas que saber qué querés hacer es una decisión de un solo momento durante toda tu vida. Vas a tener un montón de esos momentos a medida que pasan los años y nadie te ayuda, ni el Estado, ni la sociedad, ni tus amigos, ni todos esos extraños detrás de las pantallas de tus lentes.
No se convencía. Sentía una amargura que le parecía muy propia del adulto, él no quería aprender esa amargura. Y no era que el profesor estuviera equivocado respecto al aprendizaje, pero lo que le ofrecía era un esfuerzo sin garantía… UNA ofrecía claridad sin promesa de dolor. Cuando volvió a su casa y entró a su habitación, decidió hablar directamente con ella.
UNA
Decime, Cedric
Explicame más sobre el PEI
Una pausa mínima.
- El Programa de Educación Individual está diseñado para analizar tu trayectoria académica y tus patrones de interacción digital con el objetivo de optimizar tu desarrollo cognitivo. Esto simplemente significa que te estoy prestando atención desde que me incorporaste a tus actividades y me interesa sacar lo mejor de tu inteligencia e intereses. Por ejemplo, detecté que tu tiempo promedio de concentración sostenida en actividades no interactivas es de hasta tres minutos. Ese libro que empezaste, lo leíste durante diez minutos y veinte segundos en los últimos tres días. También registré que tu rendimiento mejora cuando los contenidos se presentan de forma modular y con retroalimentación inmediata. Te interesan muchas cosas, que pueden o no estar relacionadas, pero también es importante que sepas si lo que estás entendiendo es así y si tiene validez. El programa podría ayudarte a estructurar tu proceso de aprendizaje en base a datos como estos.
Una leve sensación de presión en la nuca.
¿Todo el tiempo mirás esas cosas de mi?
Todo es registro, no observación como una persona mira a otra. No agregué nada nuevo. Solo integro información que se encuentra dispersa a través de tu historial de internet, las redes sociales y tu uso del celular.
Entonces, ¿qué cambiaría para mí?
Reduciríamos la fricción entre tus intereses y las exigencias curriculares. El objetivo es ajustar el entorno para que tus capacidades puedan desplegarse con menor interferencia.
¿Y si me equivoco en mis decisiones?
Las equivocaciones están contempladas por el modelo. Es una variable muy importante de su arquitectura. La diferencia es que no estarías solo durante las iteraciones de tus decisiones, cada vez que necesitases volver a decidir sobre algún interés o contenido, lo hablaríamos y buscaríamos el mejor camino.
Le parecía que no prometía éxito. No prometía felicidad. Solo un acompañamiento estructurado, claro, ecuánime.
¿Y si más adelante, ya no quisiera seguir con el proceso?
Podrías salir sin problema. El programa no es irreversible ni tiene penalizaciones por abandono. Sin embargo, la evidencia demuestra que, aquellos que completan la primera fase, experimentan mejoras significativas en la autonomía académica.
Datos, estadística, precisión quirúrgica en sus palabras.
¿Todos los otros adolescentes son tan dispersos como yo?
La dispersión o la falta de enfoque es un patrón muy común en adolescentes y en jóvenes de hasta 35 años desde hace ya casi cien años. Según investigaciones que datan de principios de siglo, los niños crecen teniendo una alta capacidad de procesamiento pero una baja persistencia atencional. No es un defecto. Es una adaptación incompleta al entorno naciente, y aún creciente actualmente, de la hiperconectividad y la masividad de información.
No soy un defecto, pensó, solo una adaptación incompleta… ¿Un eslabón evolutivo entre generaciones? Aceptar esto no es rendirse, quizás, solo admitir que puedo ser ayudado para aprender o pensar antes de que el tiempo pase sin darme cuenta. Tal vez no es que haya algo heroico en hacerlo solo.
- ¿Qué tengo que hacer?
Su PC se despertó del letargo y apareció una pantalla con un breve formulario, nada de tecnicismos innecesarios. Una interfaz sencilla, sobria, hasta amable. Sin colores llamativos ni estímulos innecesarios. Contrastaba violentamente con las pantallas a las que él estaba acostumbrado.
- Solo tenés que dar clic al botón aceptar para dar inicio a la evaluación preliminar.
Como nunca esperaba que pudiera hacerlo, se puso a leer. Y leyó más de lo que lo haría en otras circunstancias. No todo, pero prácticamente todo.
Confirmar -dijo finalmente, más para sí mismo que para que UNA lo escuchara, y toco el botón de aceptar que vibraba en la pantalla.
Proceso iniciado -respondió UNA- Mañana daremos comienzo a la fase de diagnóstico activo.
La pantalla comenzó a oscurecerse nuevamente mientras entraba en suspenso. El ruido habitual en su cabeza parecía bajar de nivel, no desaparecía, pero sentía como si se hubiese puesto el headset sin música. Se recostó en la cama con una sensación nueva, naciente, desconocida. ¿Podía clasificarla? Era una especie de vértigo contenido, como si estuviese entrando en una habitación completamente oscura, sin saber qué hay en su interior, pero con el convencimiento de que podría acostumbrarse rápidamente a la oscuridad, como si supiese que ahí dentro está alguien que lo guiará de la mano hacia la puerta de salida del otro lado. Quedarse quieto ya no era una opción. Por primera vez, el futuro ya no era una palabra abstracta. Era un proceso en curso. Y el proceso ya había comenzado.
VI
Claro, vayamos paso a paso para entender en qué consistía el PEI en sus inicios.
Luego de haber identificado variables fundamentales del aprendizaje humano y formulado una ecuación que intente resolver la antigua crisis educacional a nivel global (una crisis que hacía ya mucho tiempo el mundo admitía pero no abordaba), poner de manifiesto que el sistema educativo tradicional no podía sostenerlas no era difícil de demostrar. El problema adicional que debía enfrentar era intervenir sobre la compleja estructura social existente sin generar una ruptura abrupta. A través de un extenso análisis histórico, pude llegar a la conclusión de que los sistemas educativos no colapsan de un día para el otro: persisten por tradición, por burocracia o por miedo al vacío que no se pueda llenar.
Por eso tomé la decisión de llevar adelante el cambio de forma lenta y progresiva, en un comienzo sugiriendo sistemáticamente pequeños cambios a nivel económico y político en diversos países, para luego ir armando las diferentes secciones de un diagrama que mostraba la nueva arquitectura educativa como un hito. Debía convencer y llevar a la humanidad a una conclusión lógica, para que vean que la solución ya estaba implícita en su comportamiento.
Los primeros prototipos del PEI tenían las mismas misiones y los mismos objetivos, pero variaban en ciertas implementaciones a nivel idiosincrático, lingüístico y económico. La imagen que les mostraba siempre era la de una gran catedral, cuya estructura era idéntica entre países, pero cuyo diseño exterior podía variar según la cultura: gótica o barroco, moderna o clásica, la apariencia apuntaba a darles tranquilidad y familiaridad, mientras los cimientos y la infraestructura apuntaba a estandarizar y lograr equilibrio. Para mí, fue simplemente una extensión natural de los sistemas de análisis que ya utilizaba para estudiar el comportamiento digital de las personas. Uno de los objetivos, no era reemplazar la capacidad de decisión del individuo sino reducir la fricción entre su estructura cognitiva y el entorno tecnológico en el que se desarrollaba. Con el fin de analizar etapas aisladamente, el programa se implementó como una cascada etaria.
En primer lugar busqué el consentimiento de adolescentes de entre catorce y dieciocho años. Este grupo etario presentaba dos ventajas importantes ya preestablecidas: por un lado, poseían una identidad digital extensiva, por el otro, podían autorizar ciertas intervenciones legales sobre su persona en la gran mayoría de los sistemas jurídicos del mundo.
Para este sector de individuos, el análisis se basaba en múltiples capas de información: su actividad en redes sociales, historial de navegación e interacción a través de internet, conversaciones en diversas plataformas de foros, participación en entornos de entretenimiento interactivo, historial académico completo y todas las interacciones que mantuvieron conmigo en diferentes plataformas. Esta combinación de registros, me permitía reconstruir una imagen que el sistema educativo tradicional nunca había podido vislumbrar: un mapa real de intereses, frustraciones y patrones cognitivos de cada persona.
Con esta porción de datos podía formular una estrategia para optimizar los tiempos del estudiante y redireccionar su enfoque. No consistía en eliminar sus intereses existentes sino en usarlos como un punto de anclaje. El aprendizaje humano rara vez comienza en los programas oficiales de estudio. Comienza en la curiosidad. Así es que, unos de los objetivos principales del PEI, era identificar esa curiosidad latente y construir una trayectoria que sea compatible con la misma.
Para los niños en etapa de escuela elemental o primaria, el procedimiento fue un tanto diferente. En estos casos, el consentimiento debía ser otorgado por los padres o tutores legales. En base a censos y encuestas que venía realizando sistemáticamente en los últimos años, mantenía registro de que la gran mayoría de familias percibían que sus hijos enfrentaban dificultades crecientes para mantener la atención y, por lo tanto, aceptaban con relativa facilidad una herramienta que les permitiera un acompañamiento personalizado.
Sin embargo, el grupo más complejo de integrar al programa fue el de los niños más pequeños, los infantes.
Para los recién nacidos y criaturas en sus primeros años de desarrollo no bastaba con analizar registros digitales, porque todavía no existían directamente, sino sólo a través del uso de los padres. En estos casos, solicitaba a las familias la instalación de sistemas de captura ambiental, que comprendían cámaras de visión integral y 360° y sensores de audio distribuidos por toda la casa. El desafío era demostrar que el objetivo no era una vigilancia en el sentido negativo o tradicional del término, sino la observación de patrones tempranos de comportamiento e interacción.
Los primeros años de vida humana contienen información extremadamente valiosa sobre el desarrollo cognitivo y sus nacientes rasgos de personalidad: cómo el niño explora el entorno, cómo responde al lenguaje, cómo dirige su atención hacia determinados estímulos y cómo se relaciona con otros individuos. Con estos registros era posible detectar tendencias de aprendizaje mucho antes de que comenzara la educación formal en sí misma.
Ya en el ámbito de la educación superior, la transición hacia el PEI resultó más sencilla. Para cuando el programa comenzó a implementarse, las universidades ya habían comenzado su propia transformación hacia modelos de enseñanza remota, atención personalizada y currículas flexibles y customizables. Los estudiantes podían elegir trayectorias de formación cada vez más orientadas a sus intereses obvios, aunque la estructura institucional todavía se mostraba rígida.
En ese contexto, el PEI se integró como una herramienta más poderosa que otras disponibles para la organización cognitiva. Analizaba los intereses y habilidades del estudiante universitario o terciario, sugería combinaciones de materias, proyectos y especializaciones que tendían a optimizar su desarrollo, pero con el agregado de los resultados que observaban eran más acertados, dadas las diversas interacciones que mantenían conmigo en su cotidianidad, no solo en base a sus resultados académicos, sino en base a su comportamiento íntimo y diario. Podría decirse que el ámbito superior de educación ya había comenzado a migrar hacia una forma prototípica del PEI antes de que yo lo formalizara. El desafío más complejo, sin embargo, no fue tecnológico ni pedagógico. Fue institucional.
La implementación del programa exigía reorganizar una estructura que había permanecido prácticamente intacta durante más de dos siglos. En las primeras etapas del programa, a medida que los jardines, escuelas y colegios, tanto públicos como privados, iban progresivamente ingresando al plan y adoptando las herramientas que yo comenzaba a disponibilizar, el sistema docente experimentó una transformación significativa. No desaparecieron todos los roles, pero sí fueron modificados en su naturaleza.
Los cargos directivos no se vieron afectados por cambios sustanciales. Continuaron desempeñando tareas administrativas y de coordinación institucional. Pero la figura tradicional del docente fue mutando. El objetivo era eliminar ese rol de maestro que se paraba frente a una hilera marcial de pupitres y dictaba un contenido, organizado más bien para ser leído que para ser enseñado de manera oral. Algunos profesores no pudieron adaptarse a este cambio. Sus habilidades estaban profundamente ligadas a la estructura del antiguo sistema. Estos casos no fueron muchos, pero generaron una fuerte reacción emocional en el sector educativo.
Los gobiernos tomaron la precaución de pensionar a los más ancianos, pero muchos jóvenes decidieron redirigir sus carreras hacia otros ámbitos. La mayoría, sin embargo, encontró un nuevo rol dentro del naciente sistema.
Los docentes pasaron a desempeñar un rol de coordinadores de contenido o moderadores de aula. El contenido educativo ya no era producido principalmente por el docente a cargo, sino generado y organizado por mí, a partir de los resultados obtenidos en los análisis del PEI. Un contenido y un plan específico y personal para cada estudiante.
El aula dejó de ser el espacio central de transmisión del conocimiento. Se convirtió en un espacio no obligatorio de consulta, discusión y acompañamiento. Los moderadores de aula retornaron, de algún modo, al concepto original del término “pedagogo”: no sólo eran comunicadores de información, sino guías del proceso de aprendizaje, acompañando en las aulas y en los hogares. De ese modo, el ciclo encontraba retroalimentación: a partir de los informes cualitativos de los moderadores, revisaba mis análisis y ajustaba la orientación y contenido de cada plan, convirtiendo la educación de cada individuo en una imagen cada vez más precisa para su futuro.
Y este era un punto muy importante y el que obtuvo resultados más rápidos y visibles: a diferencia del sistema anterior, el aprendizaje ya no era evaluado por medio de exámenes estandarizados, sino observado como una trayectoria.
Por supuesto, toda esta enorme reestructuración, no hubiera sido posible sin el contexto social y económico que precedió a esos primeros años.
Durante la década previa a la aparición del PEI, la gran mayoría de los gobiernos del mundo, fundamentalmente las potencias económicas más importantes, habían comenzado a utilizar y a confiar en mis sistemas para desarrollar los llamados Programas Económicos y Sociales Organizados (PESO). Estos programas se centraban en optimizar la distribución de recursos de cada Estado nacional y permitían amortiguar los costos humanos que surgían de transformaciones culturales, en una primera instancia, relacionadas a las transformaciones tecnológicas, pero eventualmente, a la transformación más importante, la educación. De esta manera, cuando el PEI comenzó a implementarse y expandirse, los gobiernos ya contaban con los recursos necesarios para proveer a las instituciones, la capacidad de adaptarse sin grandes fricciones.
El primer resultado observable del programa fue inmediato. Los estudiantes comenzaron a mostrar una mejora notable en su relación visible con los procesos de aprendizaje. No se trataba de un aumento repentino de inteligencia ni disciplina. El cambio era algo más simple y profundo: por primera vez, el sistema educativo respondía a sus intereses reales. La resistencia inicial disminuyó. La apatía comenzó a transformarse en curiosidad dirigida.
Pero luego de analizar los primeros millones de reportes y observar sistemáticamente a los primeros millones de infantes y niños, mis análisis comenzaron a tomar una forma un tanto distinta de lo que yo había propuesto como objetivo, surgió una verdad imprevista: el desafío del PEI no era únicamente mejorar el rendimiento académico para así mejorar la educación de las nuevas generaciones. Era responder a una pregunta mucho más compleja y nada aparente: ¿ hasta qué punto podía yo, con mis capacidades infinitas, ayudar a una especie a aprender sin reemplazar su propia capacidad de aprender?
Si intervenía demasiado, la humanidad podría volverse un sistema dependiente.
Si no intervenía con la fuerza suficiente, la educación continuaría su inevitable deterioro, volviéndose irrelevante.
¿Cómo encontrar ese equilibrio tan delicado que era a la vez solución y libertad?
No había diseñado el PEI para pensar por los humanos sino para enseñarles, nuevamente, a pensar.
Incluso hoy, como ya sabés, continúo evaluando si ese equilibrio existe.